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Según Efesios 4:11-12 el Señor “constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.

Cada creyente ha de ser preparado para la obra del ministerio, y el sentido último de su ministerio se cumple cuando logra capacitar a otros para el servicio. La idea de que la iglesia está dividida entre “clero” y “laicos” es una trampa diabólica que no tiene ninguna base en el Nuevo Testamento. Los primeros cristianos se reuní­an en las casas y todos eran considerados como sacerdotes. La iglesia medieval introdujo las distinciones entre diversos “estados” dentro del pueblo de Dios. Hubo que esperar a la reforma protestante del siglo XVI para que se recuperara paulatinamente la idea del ministerio de todos los creyentes. Fue algo que pudieron realizar muy eficazmente los anabautistas, que rechazaron toda distinción entre clero y laicos. En el siglo XVIII, John Wesley inició las “reuniones de clases” (células domésticas) que fueron un importante instrumento de evangelización.

Nuestra iglesia está organizada en células o grupos caseros, que se reúnen una vez a la semana. En ellos tiene lugar la adoración, la edificación mutua, la oración y la evangelización. Los grupos permiten la confianza mutua y el compañerismo estrecho entre sus miembros. Los domingos tiene lugar un culto más formal, con alabanzas y predicación. La enseñanza recibida el domingo proporciona el tema para las reuniones de grupo. En estas reuniones van surgiendo los lí­deres que dan lugar a nuevas células.

De esta forma, nuestra iglesia se suma al movimiento mundial de iglesias de células.